MK – El contacto con la Naturaleza
Tomando la idea de Mariana a raíz del post que hablaba sobre los límites del estrés, hoy voy a hablar del contacto con la Natureleza, tal y como yo lo entiendo, como uno más de los Mikrokodes.
La Naturaleza es la referencia, el punto de apoyo en nuestro caminar. Si no volvemos a ella con regularidad, corremos el riesgo de estar flotando en el éter, sea eso lo que sea. Dando vueltas por las lunas de Júpiter, en babia, perdidos en nuestro propio discurso, erre que erre, autoconvencidos de la razón que tenemos y lo bien que lo estamos haciendo.
No es que haya que volver, porque ya somos Naturaleza, sino más bien darse cuenta de ello, de que lo somos y no podemos dejar de serlo. Mirar y sobre todo poder sentir las otras cosas de ahí fuera, incluidas las otras personas, lo orgánico y lo no inorgánico.
No hace falta ir lejos para observar la Naturaleza, subir a una montaña o visitar un paraje paradisíaco. También, pero no es necesario. Tan solo hace falta querer mirarla allá donde nos encontremos. Porque ahí estará mostrándose plenamente con todos sus matices.
Tengo que reconocer que a mí esto de disfrutar de la Naturaleza me ha venido de mayor. De más joven pensaba, por poneros un ejemplo, que los colores más intensos eran siempre artificiales y que la naturaleza era toda ella de colores verdes y pardos, ¡en fin!
Ahora por ejemplo, puedo ver los otoños y sus hojas, que hasta que llegan las lluvias y se las llevan, me ofrecen una alfombra de color, que incluso las personas que caminamos mirando al suelo no podemos dejar de admirar. Ahora me gusta ver volar las hojas, arrastrarlas con el pie cuando voy con mi bici por el bidegorri. Me gusta escucharlas también, y tocarlas. Me gusta sacarles fotos cuando están todavía en el árbol iluminadas por el sol, cuando las vuela el viento y cuando están en el suelo.
Todo ello sin salir de la ciudad y saliendo también.
Esto me trajo a colación este maravilloso texto de Antonio Colinas, de su libros «Tratados de Armonia» que a continuación transcribo:
Descendí a lo más hondo del barranco, a un lugar en el que a lo largo de doce años no había estado. Allí crecían salvajes, húmedos, espesísimos, los algarrobos y las sabinas, las jaras y los abetos. Era tal la espesura que no se podía avanzar. Abrí con dificultad una senda hacia aquel enmarañado verdor. EStoy seguro de que nadie había hollado nunca ese espacio. Deseé contemplar en síntesis -como quien utiliza un microscopio- allá, en lo recóndito del valle, la verdad de la naturaleza, la verdad de la vida. ¿Y qué es lo que en síntesis vi? Un contínuo crecer y morir, un incansable florecimiento y una inagotable putrefacción. Era como si la muerte de unas plantas alimentara la juventud de otras. Había troncos enormes de algarrobo caídos y podridos junto a las nuevas y flexibles ramas, de un verde claro, vigorosamente erguidas. Y flores brotando de la gruesa capa de humus. Crecer y morir continua y cíclicamente. No hallé otra verdad más real, más palpable, más hermosa y terrible en lo hondo del barranco.
Y es que la naturaleza, además de ser fuente vigorosa de energía y alegría, nos conecta con el misterio, con el asombro, con el silencio y nos conduce despacio, sin tropiezos, a nuestro hogar sagrado. Tenemos el enorme privilegio de poder disfrutarla, no lo olvidemos.
Un abrazo Gurutz
Y gracias por contribuir a que este espacio sea un espacio de reflexión…
Tus comentarios son los que hacen este lugar un espacio de reflexión. Un beso Mariana.